viernes, 6 de abril de 2012

Dos abriles


Un día como hoy, a las 4:17 p.m. te recibimos. Fue una jornada larga, me internaron a las 10:00 p.m. y estuve 16 horas en trabajo de parto.
Contrario a mi naturaleza, pretendí estar serena para darte la bienvenida, pero faltando 4 horas me desentendí de mi propósito y me desconecté el oxígeno, vomité todo lo que no había comido y mis brazos acabaron arañados de tanto dolor, al final me quede dormida.

Faltaban menos de diez minutos para las cuatro de la tarde, el doctor me despertó y me llevó caminando a la sala de partos. Al verte, diecisiete minutos después, tu gesto tranquilo me devolvió la calma y paciencia para iniciarme en el hermoso y complejo trote de ser madre.

viernes, 30 de marzo de 2012

579 días de madre

A mi disipada vida un día le llegó la calma; después de 26 años aterrizó una pequeña dictadora que impuso en mi vida el régimen de la ternura y por eso la llamé Abril, como el cuarto mes, el de los hermosos colores y viento perfecto para volar.


Todo se gestó con una serie de eventos afortunados y desafortunados, pero te quedaste conmigo y la geografía dejo de existir entre tu padre, tú y yo, manifestándote tardía y discretamente con un pequeño antojo, nada extravagante ni fuera de lo normal.


Nunca fui lo suficientemente adulta pero al avisorar tu llegada me sorprendió la madurez y pensé, para relajarme, en que serías una niña muy querida por todos, aunque tu papá se encargó de recordarme que del amor no se puede comer.


Los siete meses restantes pasaron, angustiándome por el engorde y mi trabajo mal remunerado, viendo mi antigua casa destruida reconstruirse para ser un lugar mejor.


Crecías de a poquitos haciéndome cosquillas por dentro, nadando en esos extraños líquidos que me hinchaban los pies, mientras yo te hablaba de todo lo bonito y lo feo, de lo que deberías disfrutar y de lo que deberías cuidarte, y de que siempre estaría contigo para defenderte y acompañarte.


Trataba de explicarte con palabras suaves aquellos días agrestes, escuchando música bonita para que te familiarices con el mundo, caminando, trabajando como burro de carga para no tirarme al abandono y tú me acompañabas tranquila, pateando menos cuando era necesario y te lo susurraba.


Y supe una tarde que llegarías, con los últimos rayos de sol que olvida el verano. Ese día limpié toda la casa para recibirte con orden y transmitirte esa estabilidad que siempre me hizo falta.


Fueron 16 horas de contracciones. Me sorprendió la tarde casi inconsciente, con la luz de la tarde lavandome la cara, saliste sin llanto pero tomando con tu mano la tijera del doctor. Respiré hondo percatándome del vacío en mi barriga, y comenzó la vida.